viernes, 2 de septiembre de 2011

Irse, morirse.


Arrojar el cuerpo a un hoyo sucio,
desentrañado,
aglomerado de polvo con tintes surrealistas.

Ensayar un vivir que no has vivido.
Regalar el cuerpo en una sola pieza,
implicando huesos, arterias,
 labios y palabras
que se quedaron atoradas en la vergüenza de uno.

Inmóvil,
con terremotos en las tripas
porque algo quiere salirse y gritarle a todos:
que no te lloren, que no te has ido aun,
que no te lloren, que no te avienten putas flores,
que no te entierren,
que te saquen
porque te estas muriendo.
Morirse,
conteniendo el miedo
más insoportable en un traje de muerto.

A oscuras;
buscando la luz
que te habían dicho que verías,
pero no vez nada más que gusanos que se acercan
para acompañarte mientras te pudres
y se te pudren las ganas
de seguir escribiendo cartas post-suicidas.

Morirse totalmente hasta olvidarse de todo;
encerrado como perro en otro encierro
que todos llaman cementerio
pero yo llamo basurero
porque muerto ya no sirvo para nada.

Morirse,
pero en verdad morirse,
gran pretexto para remediar todo y para irse.

No hay comentarios:

Publicar un comentario