Este es un deseo desolvidado:
sembrar un campo de amapolas en el cielo,
esculcar sus sueños, hacer
kabooms de secretos también desolvidados
y extender viejos escritos
en su tangibilidad desértica
para que lluevan nuevos soles
y destripen los destierros viscerales
que me causa la alegría apoderándose de otros,
y ver que resbalen estos pensamientos
que acobardan y distraen
la legitimidad bronca que traigo impuesta en las ideas
para decir que solo a veces me siento humano.
¿A qué demonio me encomiendo?
¿Cómo se lo reprocho a dios si lo matamos?
Esta vez no hay santificado
mas que el que fui esa noche dando tumbos
y gritando que muriera la poesía;
ya no hay fiesta de complicidad
y el cielo también quiere explotarse;
he ahí el des-olvidar,
la cortina de sal,
la imagen impronunciable tras los soles muertos;
he ahí la desvisceralización,
la trásfuga y la caída.
No hay mito incandescente,
hay palabra que adicha y sufrir lento,
más despacio que la ruta del agua a su propio universo
y una mansa impostura de querer ver estrellas
chapoteándose en tu muerte.
Agüita de nube,
se me acabaron los aplausos pero
pronto lloverá miel para los enfermos,
pronto seremos los dichosos del infierno,
los emancipados por querernos,
los que tendrán su cachito de cielo
en las fotos de los eternos.
Seremos la post-explosión y explotaremos.

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